Periodismo Contra los Lugares Comunes

Más de una treintena de periodistas han sido asesinados o desaparecidos en México en el transcurso de los últimos cuatro años, en circunstancias no esclarecidas. El recurso fácil de la impunidad es que autoridades y -desafortunadamente- otros periodistas repiten, sin investigaciones serias de por medio, que los reporteros fueron víctimas del “crimen organizado”… Y al llegar al final de este 2010 México, Estado fallido o no, está dominado por el lugar común del “crimen organizado”, un fantasma que, dicen los que saben, ya ha cobrado más víctimas inocentes que la guerra de Vietnam. En este contexto, los periodistas debemos hacer un esfuerzo y evitar usar el terminajo de “crimen organizado” que, además se ha convertido a vista y oídos de la Opinión Pública en sinónimo de “narco” o “narcotráfico”. La importancia de romper con los lugares comunes del lenguaje institucional (y la jerga delincuencial) radica en que el uso adecuado del lenguaje abre los caminos de la democracia, la transparencia y la defensa de la libertad de expresión, así como la protección personal de quienes hacen un trabajo de investigación periodística. Pareciera que en las mesas de redacción de muchos medios de comunicación, sobre todo en los grandes medios de la capital mexicana -los de establishment, les llaman algunos comunicólogos-, no se hace un análisis de contenido para uso interno, de la información que se publica, que contribuya en algo a romper con los mitos oficiales y las leyendas urbanas de la creciente violencia en el país, que de algún modo solapan la impunidad. Hoy día en los medios del establishment se busca “ganar la nota”, es decir, publicar antes que nadie a cualquier costo, cuando lo realmente importante es obtener y dar a conocer información precisa y bien fundamentada para esclarecer y entender los acontecimientos que impactan a la sociedad en su conjunto. Uno de los encabezados más patéticos, por irresponsable, que he leído en los últimos meses apareció en el diario de circulación nacional El Universal: “Narco pide a maestros de Juárez su aguinaldo”. Para empezar, era una nota reciclada de la agencia española EFE en cuyo cuerpo, en realidad, jamás se menciona que sean “narcos” quienes pegaron una cartulina en la puerta de una escuela primaria que advertía que los profesores que laboran ahí deberían pagar a extorsionadores, una “cuota” equivalente a su aguinaldo para el 30 de Noviembre 2010. Vale enfatizar que el hecho de que apareciera una cartulina con una amenaza anónima no implica de ningún modo que ésta provenga del “crimen organizado”, aunque las autoridades correspondientes afirmen que una de las líneas de investigación en torno al incidente se enfoca al susodicho (y fantasmal) “crimen organizado”. De pronto parece que es mucho pedir que antes de publicar una nota, el medio de comunicación investigue el contexto de una historia. Hay quienes alegan que los reporteros que investigan ponen en riesgo su vida; pero… ¿de qué sirven los periodistas boletineros, que ni siquiera reflexionan sobre la información que están divulgando? Mejor aún: ¿a quién le sirven por sus omisiones? Si se lee con cuidado la información que proporciona la agencia informativa española, se entiende que el nivel delincuencial en Ciudad Juárez -y probablemente en muchos otros lugares de México- ha alcanzado un punto extremadamente grave por el surgimiento y proliferación de”copycats” o imitadores del auténtico crimen organizado. Los imitadores van tras los más vulnerables porque son presas fáciles, primero del miedo, y luego del delito. Sin embargo, se les ha metido en el mismo costal de la impunidad que aplica para el crimen organizado, y los periodistas, comprensiblemente temerosos por su propia seguridad personal, sólo repiten el discurso oficial de la lucha contra el narcotráfico como sinónimo de “crimen organizado” y lo que es peor, ahora hasta un vulgar asaltante solitario con un AK-47 puede sembrar el terror en una comunidad y cobijarse en la impunidad porque sus acciones se diluyen en los casos que inciden en las altas esferas del poder. Por supuesto, México no necesita periodistas heróicos muertos en el cumplimiento de su deber, sino medios de comunicación que funcionen como un equipo profesional, con una estrategia de investigación y redacción bien definida que rompa con los lugares comunes en los que ha caído el monótono recuento de crímenes impunes. En la medida en que los propios periodistas que narran el acontecer diario revisen los parámetros dentro de los cuales investigan, redactan y publican sus historias, sin conformarse con el uso ordinario de los lugares comunes, valorando la información proporcionada por las autoridades, se enriquecerá el ejercicio periodístico como elemento de la democracia y se contribuirá a salvar vidas, incluyendo la propia.

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