Tabasco: El Futuro Humillado

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A pocos meses de iniciar su gestión como primer gobernador de la Izquierda en Tabasco, Arturo Núñez Jiménez (@nunezarturo) enfrenta focos rojos en el tema de la protección de los derechos de los niños.

Dos días después de que se conoció el secuestro, violación y sádico asesinato de dos niñas en el municipio de Cunduacán, se dio a conocer el video donde un funcionario menor del ayuntamiento de la capital tabasqueña, Villahermosa, robó cigarros a un pequeño vendedor y lo obligó a arrojar al suelo su mercancía para “verificar” que no trajera consigo más tabaco.

Aunque el burócrata Juan Diego López Jiménez oficialmente fue despedido, hasta el cierre de esta edición, no se sabía de que el gobierno de Núñez Jiménez o el gobierno federal hubieran actuado para proteger al menor que, según versiones de la prensa local, es un huérfano indígena tzozil, proveniente del vecino estado de Chiapas, que vende dulces y cigarros en la vía pública para mantener a sus hermanos más pequeños.

La violación de derechos de niños como el del video empieza desde que el Estado no cumple con su función de resguardarlos de vivir en la calle y garantizarles la educación que necesitan y merecen.

La humillación y abuso de autoridad cometidos por un burócrata contra el menor indígena causarán en el desarrollo de ese pequeño tanto o más daño que una golpiza, si no se le atiende adecuadamente.

Lamentablemente, éste es tan sólo un caso documentado, entre cientos o miles que suceden en todo el país y esta forma de violencia contra los niños es una de tantas formas de ir destruyendo el potencial del capital humano, del bono demográfico, que tiene México para salir de su crisis neoliberal.

Michael Stone, psiquiatra de la Universidad de Columbia, en los Estados Unidos, ha demostrado en sus investigaciones que la historia de los criminales más sanguinarios empieza casi siempre en un acto de humillación cometido por un adulto en posición de autoridad.

¿Quién puede asegurar que si no se atiende a este niño y sus hermanos, no empezarán su adolescencia integrándose a las filas de la delincuencia organizada?

¿Cuántos niños humillados del ayer no se convirtieron en los últimos años en esos sicarios que han bañado de sangre a México?

Más allá de la firma de convenios de gobiernos locales y federal con instituciones como la UNICEF u organizaciones defensoras de derechos de la infancia, no hay datos que demuestren que se está resolviendo la problemática de niños como este pequeño tzotzil.

Si México no respeta a sus niños, dentro de una década veremos un país desintegrado socialmente, sin soberanía, humillado. <<>>

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El Retador Azteca

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“Si quieren debate, véanlo por Televisa, si no, vean el fútbol por Azteca”, tuiteó el pasado 30 de Abril 2012 el empresario Ricardo Salinas, actual concesionario de la televisora privatizada en 1993 por el presidente mexicano del mismo apellido.

Ricardo Salinas se refería en su cuenta de Twitter a un partido de fútbol que fue programado de último minuto a la misma hora que el debate político entre candidatos a la presidencia de la república, que se planeó desde hace varias semanas con el auspicio del Instituto Federal Electoral (IFE) y que será transmitido el próximo 6 de Mayo 2012 en televisión abierta.

El debate político se verá en dos canales culturales del Estado y tal vez  en uno o dos de la televisión privada, que no son los de mayor audiencia. En cambio, el partido de fútbol se transmitirá en un canal que se capta en todo el territorio nacional e incluso en los Estados Unidos y parte de Centroamérica.

Esto hace prever a más de uno que el partido de fútbol, en domingo y en canal y horario estelares, robaría audiencia al debate político, en particular el segmento apolítico, poco educado e indeciso de la población que quizá podría decidir el resultado de la elección presidencial que se llevará a cabo el 1 de Julio 2012.

Analistas políticos y activistas cívicos coinciden en señalar que la transmisión paralela de un partido de fútbol y del debate de los candidatos presidenciales tiene el propósito deliberado de desviar la atención de los televidentes de lo que habrá de ser la primera presentación pública en televisión abierta, de los aspirantes a la primera magistratura.

Muy cierto; pero… ¿de verdad la transmisión de un partido de fútbol a la misma hora que el debate de los candidatos presidenciales puede afectar el desarrollo del proceso electoral? Yo lo dudo porque esos mismos electores potenciales que se sentarían o se sentarán a ver el partido en lugar de escuchar las propuestas de los presidenciables de seguro apagarían – o apagarán- la televisión si la Secretaría de Gobernación opta por hacer valer el artículo 62 de la Ley de Radio y Televisión que establece que todas las estaciones están obligadas a “encadenarse” para transmisiones trascendentes para la nación.

No me interesa aquí analizar las repercusiones del tan llevado y traído debate de los candidatos presidenciales en el proceso de la jornada electoral, sino reafirmar que la intención es lo que cuenta y que el desafío del empresario Ricardo Salinas Pliego a la de por sí cuestionada autoridad moral del Instituto Federal Electoral (IFE) y a las reglas no escritas de la política mexicana tiene jiribilla, como decían los viejos periodistas.

Salinas Pliego pretende jugar al gran elector, y los periodistas tendremos que indagar quién o quiénes le hacen fantasear con que puede influir en la elección presidencial o quién está patrocinando tan patético reality show, muy al estilo de los que TV Azteca está acostumbrada a producir.

Al cierre de edición, el IFE se había negado a pedir a la Secretaría de Gobernación la cadena nacional del debate, con lo que los consejeros electorales dieron al organismo un balazo en el pie, no obstante que todavía quedaría la prerrogativa política de los estadistas: La Constitución señala claramente que el Estado es el dueño del espacio por el que se transmiten las señales de radio, televisión, telegráfos, internet y en el que vuelan pájaros, aviones, helicópteros y hasta los ovnis; y los programadores de los canales de televisión, como Salinas Pliego, son únicamente permisionarios que deben someterse a las reglas del Estado.

El debate de los candidatos presidenciales no se anticipa relevante. Tres de cuatro no tienen discurso ni plataforma articulados; pero si el régimen de Felipe Calderón se doblega al juego de las venciditas  tuiteras del retador azteca, los grandes perdedores en el largo plazo, irónicamente, serán él mismo, el PAN y su candidata Josefina Vázquez Mota. <<>>
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Dios Mío, Hazme Rubia Por Favor

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Josefina Vázquez MotaNo es un asunto menor que Josefina Vázquez Mota, la única mujer aspirante a la presidencia de la República -quien milita en el gobernante partido de la Derecha,  Acción Nacional- recién haya iniciado una transformación de su imagen física, de cara a la elección del próximo mes de julio 2012, con cirugías plásticas y cremas blanqueadoras de la piel de por medio, sin faltar el nada discreto color rubio cobrizo en el cabello, favorito de las damas de la alta sociedad mexicana, desde hace varias décadas, porque, dicen, las hace verse menos morenas (¿?).

Josefina quiere ser la primera presidenta de México; pero también se esfuerza por dejar atrás su apariencia mestiza, la piel morena con matices amarillos característica de la gente del pueblo, el cabello oscuro y los pómulos redondos: su mexicanidad; para, como decían en la época colonial, pasar por blanca e insertarse con ese nuevo aspecto en el entorno de los líderes internacionales de la era global.

Definitivamente, Josefina no tiene el discreto sex appeal de Cristina Fernández hoy viuda de Kirchner; pero tampoco el carisma natural de Dilma Rousseff. No es una mujer de oratoria y antes de ser funcionaria pública era medianamente conocida por su libro de superación personal titulado “Dios mío, hazme viuda por favor”.

Se nota que Vázquez Mota aprendió en su juventud las artes del arreglo personal en las empresas de cosméticos para la clase media en las que alguna vez laboró. Nada espectacular; pero así era ella y las huestes del Partido Acción Nacional (PAN) la acogieron sin remilgos. ¿Por qué, entonces, ahora quiere negar su esencia mestiza y las raíces indígenas de sus antepasados, para gobernar a más de cien millones de mexicanos con los que comparte su genética? ¿Por qué Josefina Vázquez Mota busca distanciarse étnicamente del pueblo al que aspira gobernar?

Al margen de su trayectoria profesional y su desempeño como funcionaria pública; olvidándonos de los momentos más desafortunados de su campaña electoral, como su entusiasta lapsus linguae de “¡vamos a fortalecer el lavado de dinero!” o el desconcertante “mi Agus ¡vamos a ganar y luego ¿qué vamos a hacer?!”, la Opinión Pública, sobre todo en las redes sociales, ha comenzado a cuestionar la transformación física de Josefina Vázquez Mota en su significado político más elemental: ¿A quién gobierna una persona que no se siente cómoda con identidad étnica y su apariencia, y se esfuerza en parecer lo que no es?

En el inconsciente colectivo de los mexicanos, las personas de piel blanca y cabello rubio son güerosgringos,  término que originalmente designaba a los soldados estadounidenses que invadieron el país de 1846 a 1848; pero que en el habla popular, desde entonces, también se extiende a cualquier extranjero blanco, rico y poderoso.

JVMAsí, querer ser güero (o güera) tiene una connotación aspiracional en la lucha de clases nacional, transmutada en racismo, que se refiere al mismo tiempo al intento por integrarse a los grupos sociales poderosos y al rechazo a los orígenes étnicos de las clases trabajadoras, compuestas historicamente por indígenas, afro-mexicanos y mestizos. Y es dentro de este marco conceptual que el cambio de imagen de Vázquez Mota resulta chocante para un amplio sector de la población. No sólo por lo que simboliza en términos psicosociales, sino porque perfila a una mujer que no se acepta a sí misma frente al espejo.

Parece que los asesores de imagen de Vázquez Mota buscan la complacencia de aquellos a quienes la candidata presidencial pretende igualarse en el Poder: los güeros, los gringos ricos y poderosos. Por lo menos, ésa es la señal política que envía al electorado y que podría ser factor de derrota en las urnas, en una época en la que las promesas no bastan para convencer a los votantes. <<>>
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2012: De la Dictadura Perfecta al Gatopardismo Obsoleto

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La cuenta regresiva para la sucesión presidencial en México ya empezó y los votantes de un proceso electoral que habrá de darse al término de un gobierno de legitimidad cuestionada a pesar de su origen en la joven “alternancia” democrática, debaten a últimas fechas en redes sociales y charlas de café si luego de doce años de haber echado al PRI (Partido Revolucionario Institucional) de Los Pinos, tras 70 años de permanencia, el país dejó de ser la dictadura perfecta y se puede hablar de que sus ciudadanos vivan una democracia que, si bien imperfecta, puede garantizar un reparto equitativo del poder político y su consecuente desarrollo socioeconómico de la población.

El temor de los votantes a que la guerra contra el “crimen organizado” emprendida por el actual mandatario, Felipe Calderón, contamine la batalla política es algo que inquieta a muchos. Los escenarios son diversos y algunos francamente apocalípticos. La tentación electoral de regresar al establishment corrupto, pero seguro -previo a la alternancia democrática- está latente y la intención del derechista Partido Acción Nacional (PAN) de aferrarse a la estructura Estatal para imponer su visión prerrevolucionaria al país parece más que evidente… ¿Es ésta la democracia con la que soñaban los mexicanos hace casi 45 años durante el primer gran movimiento ciudadano contemporáneo, de los estudiantes, en 1968?

Sin duda, sólo los beneficiarios de un entorno de miedo y estancamiento social (si no es que franco retroceso) pueden estar de acuerdo con los saldos de las políticas derivadas del gatopardismo padecido en México durante los últimos doce años. Únicamente los beneficiarios del gatopardismo pueden afirmar que el sistema político mexicano es en la “alternancia” una democracia y no un mero artificio electoral, rebasado por el activismo ciudadano que tiene en la Internet un nuevo código de comunicación política.

En menos de dos décadas, la partitocracia mexicana se anquilosó como opción democrática y se convirtió en estratagema discursiva que busca distraer a la sociedad civil sobre el verdadero reparto del poder en el país; y en este contexto, la guerra contra el narco se vuelve cortina de humo para justificar ante el mundo los ajustes de cuentas entre grupos de poder derivados de la corrupción. El PAN gobernante no tiene más que el nombre de lo que fue el principal partido opositor del PRI hasta la década de los ochentas.

En el proceso de “transición democrática” en 2000 se dio una desbandada de priístas de la peor reputación al PAN, algunos identificados desde los años 70s con grupos narcotraficantes. Los líderes panistas de viejo cuño, que eran empresarios católicos moderados, han ido muriendo, ya sea en accidentes o por enfermedades inexplicables, y sus lugares, ocupados por gente de sectas ultraderechistas que tienen dos misiones básicas: Una, imponer un régimen a modo, afín a los intereses de la oligarquía global (banqueros y petroleras principalmente) que no se pudo concretar con el PRI porque el régimen post-revolucionario generó sus propios dividendos políticos.

La otra, aparentemente, sería según lo documentado en diversas investigaciones periodísticas ya conocidas, devolver a un grupo original de poder fáctico, el control del negocio de las actividades ilícitas, luego de que literalmente, los enanos les crecieron a los jefes de las mafias y quisieron “independizarse” dentro del contexto de esa transición política.

¡En fin! El sistema político mexicano es corrupto desde su origen (hay que leer la historia de Juan Nepomuceno Guerra, prominente padrino narcopolítico de los años 30 para entender esto); sin embargo, las evidencias apuntan a que los grupos de poder enquistados en el PAN no son menos corruptos que los priístas, lamentablemente. Y de la Izquierda institucional, dominada desde hace más de veinte años por ex-priístas, no se puede hablar porque sus opositores no le han dejado gobernar.

Así, las próximas elecciones no se perciben como un ejercicio democrático de múltiples opciones, sino como el cumplimiento del rito gatopardista de un sistema político obsoleto, literalmente “pan con lo mismo”, cuyo eventual derrumbe puede ser muy costoso para la nación, si no se busca una auténtica transición a un modelo abierto de democracia, acorde a la vida de la aldea global del siglo XXI. <<>>

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Promesas Rotas

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Cuentan los que saben, que el poeta y periodista Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado a principios de este año en circunstancias todavía no aclaradas, y esta circunstancia lo llevó a encabezar un movimiento por el retorno a la paz cívica en México, quebrantada por una política gubernamental de exterminio del narcotráfico y otros delitos asociados a esa industria ilegal, pidió al presidente Felipe Calderón un diálogo en el que no estuviera presente el secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna.

García Luna, antiguo agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), principal agencia de espionaje del gobierno mexicano, que desde finales de los noventas tuvo un ascenso vertiginoso en el ámbito policíaco federal, ha sido acusado en reiteradas ocasiones de mantener un doble juego, por el que, presuntamente, estaría utilizando el presupuesto público de Seguridad Pública, no para combatir a la llamada “delincuencia organizada”, sino para eliminar a los competidores de un nebuloso cártel delictivo “oficial” al que, en el mejor de los casos, le estaría brindando protección.

Y en este tenor se acusa a García Luna de dejar que sus muchachos, los policías federales, en nombre de la lucha contra el narco, cometan tropelías y graves violaciones a los derechos de la ciudadanía a la que se supone están para proteger.

Ante la duda y la sospecha, o ante acusaciones directas de víctimas de la lucha contra el narcotráfico en el grupo de ciudadanos encabezados por Sicilia, se solicitó al presidente Calderón una conversación en la que no estuviera presente el secretario García Luna; pero la petición, tal vez exigencia, de los participantes del diálogo contra la violencia, no se cumplió.

No obstante, Calderón escuchó y aunque es probable que no tome en cuenta los reclamos ciudadanos, por lo menos las víctimas representadas por Sicilia y las decenas que lo acompañaron a levantar su voz en el Castillo de Chapultepec estuvieron presentes (entiendo que el presidente tampoco cumplió con la solicitud de que se hiciera en el Museo Nacional de Antropología e Historia, un lugar más abierto y neutral, por decirlo de algún modo).

Empero, soy pesimista con respecto a la capacidad de diálogo del presidente Calderón, cuando debe enfrentar desacuerdos o, por lo menos, cuestionamientos sobre sus acciones políticas o de administración pública. En alguna ocasión, cuando Calderón era líder de los diputados del Partido Acción Nacional (PAN) en el Congreso, le solicité una entrevista para que fijara las estrategias de largo plazo de su partido sobre una eventual transnacionalización del sector energético mexicano. Con el pretexto de que a las pocas semanas dejó su curul para convertirse en director de Banobras y luego secretario de Energía, no se concretó el encuentro que requería la visión del legislador panista sobre asuntos importantes de la agenda nacional. Desde entonces, cada una o dos semanas lo buscaba con la vocacón religiosa de quien espera un milagro, el milagro de obtener declaraciones sobre la privatización del sector energético a través del esquema de subcontrataciones y otros resquicios legaloides que amenazaban con desmantelar fuentes primarias de ingresos de México.

Sólo cuando Calderón era candidato a la presidencia, conseguí que enviara a su asesor económico Ernesto Cordero a dialogar conmigo; pero aún sigo esperando las respuestas de Calderón sobre el sector energético y las políticas laboral y hacendaria para mis lectores, en su mayoría pequeños empresarios, inversionistas y profesionistas independientes hispanoamericanos que siempre tienen puestos los ojos en lo que acontece en México, ombligo del mundo, para sus proyectos de vida y de negocios.

Sé que mis lectores mexicanos le han concedido a Felipe Calderón, durante casi cinco años, el beneficio de la duda en cuanto a la legitimidad de su gobierno y, habiendo votado por él o no, le han dejado actuar en la esperanza de que el país logre remontar las crisis perpetuas de desarrollo que han empobrecido a la nación en todos los sentidos; sin embargo, al discurso reciclado recurrente del mandatario y sus funcionarios que contrasta con la realidad socioeconómica de los ciudadanos -emprendedores y trabajadores por igual- ahora se agregan las ominosas promesas rotas de una paz próspera y justa.

Desafortunadamente yo no creo que Felipe Calderón vaya a dar una respuesta satisfactoria a las víctimas de su lucha contra el narcotráfico porque no fueron ellas las que lo llevaron a la presidencia de la república. Él, como todo político alineado al establishment, se guía por el mantra de que “la intención es lo que cuenta” y en el saldo final de su sexenio rojo, que sirve de parapeto al desmantelamiento del Estado y sus principales recursos operativos (sector energético y laboral en primera instancia), dirá que hizo su mejor esfuerzo y que se atendrá al juicio de la Historia, pues, ¡qué más! la (buena) intención es lo que cuenta siempre. <<>>

 

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Sin Justicia No Hay Democracia

Twitter: @silviameave 

 Los boletines oficiales de prensa pueden informar que las desapariciones y asesinatos de periodistas en México son obra de las mafias del narcotráfico, el secuestro, la piratería y todo tipo de ilícitos que dejan grandes ganancias a quienes los cometen; pero lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta quién está violentando no sólo la libertad de expresión e información, sino la vida de decenas y miles de familias de trabajadores de los medios de comunicación, porque no hay investigaciones policíacas serias ni una aplicación expedita y efectiva de la justicia.

Desde este punto de vista, el presidente Felipe Calderón, quien llegó al poder en medio de fuertes cuestionamientos sobre la legitimidad de su gobierno, hace ya casi cinco años, se mancha las manos de sangre por omisión, por negligencia o ineptitud para cumplir como garante de la vida y la seguridad de los mexicanos, misión que aceptó al asumir la presidencia de la República, en sus propias palabras “haiga sido como haiga sido” (sic).

Desafortunadamente, los Poderes Legislativo y Judicial de igual modo poco han hecho para que las políticas de combate a la mal llamada “delincuencia organizada” se traduzca en una irrestricta aplicación de la justicia, de acuerdo con los principios constitucionales, y no en lo que se ha convertido: un ajuste de cuentas desde los poderes fácticos.

Paradójicamente, los hombres y mujeres de gobierno han debilitado con sus políticas fallidas y omisiones el Poder insitucional del Estado y ellos mismos se han integrado a los poderes fácticos, al usar a la Ley para justificar sus acciones; pero no para ejercer la Justicia, como lo establece la Constitución.

El Comité de Protección a los Periodistas (CPJ), con sede en Nueva York, en su Índice de Impunidad 2011 establece que “el nivel de impunidad de México ha empeorado por tercer año consecutivo” y que a lo largo de los últimos diez años, que son los que corresponden a la era de los gobiernos de la Derecha católica, muchos asesinatos de periodistas no han sido resueltos “en medio de corrupción generalizada en gobiernos locales y organismos de seguridad”.

Entre 2006 y 2010, bajo el gobierno del presidente Felipe Calderón, según estadísticas que no ofrecen números precisos porque aparentemente es imposible obtenerlos, de 30 a 40 periodistas y trabajadores de medios de comunicación han sido asesinados o están desaparecidos en el territorio mexicano. No se toma en cuenta en estas cifras ni a los familiares o testigos muertos como “daños colaterales”, como tampoco hay una lista de periodistas amenazados o agredidos junto con sus familias, por sus investigaciones y publicaciones periodísticas.

El presidente Calderón se lava las manos en cada discurso en el que afirma que son los gobiernos estatales los que tienen la responsabilidad de hacer seguimiento de los casos que atentan contra vidas y trabajo de los periodistas; cree que con la creación de fiscalías y grupos especiales de atención a los delitos contra periodistas él ya cumplió.

No obstante, este entorno de presunto combate a la impunidad no intimida a quienes atacan a periodistas, a la libertad de expresión y al derecho a la información, y por ende a la democracia.

El presidente de la República debe asumir su autoridad moral como líder de la nación para exigir a las instancias correspondientes en cada caso, por un lado que trabajen en la solución de los atentados contra el ejercicio periodístico; pero también para crear mecanismos de prevención de ataques a periodistas, a nivel nacional, basados en el respeto elemental de los derechos ciudadanos de expresión e información.

En un auténtico Estado de Derecho no hay motivos para que haya un solo periodista más, muerto o desaparecido en la impunidad. Al momento de redactar este texto, la nota del día es el asesinato por parte de un comando armado, de un periodista veracruzano y su familia.

Miguel Ángel López Velasco, conocido como Milo Vela, especializado en temas de seguridad y narcotráfico, era columnista del periódico “Notiver”, el de mayor circulación en el estado. Su nombre queda aquí hoy; pero se pueden llenar páginas enteras de nombres de periodistas que todavía no reciben la justicia del Estado democrático por el que dieron su vida. <>

Obama vs Osama: Urge Guionista de Hollywood

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Mi abuela solía advertir con afán moral a sus nietos que “para decir mentiras y comer pescado, hay que tener cuidado” y creo que esto aplica de manera particular cuando se construyen las mentiras oficiales, que yo equipararía con la joyería de fantasía, que hay que tratar con fineza para que no pierdan su falso color dorado de inmediato. Y ese fue el caso de la presunta muerte del otrora agente encubierto de los Estados Unidos, millonario socio y amigo de la familia Bush, devenido en terrorista: Osama Bin Laden.

La versión oficial asegura que un comando de soldados de élite de los Estados Unidos mataron a Bin Laden y luego lanzaron su cuerpo al mar para evitar que sus fans hicieran de su tumba un centro de veneración terrorista. Argumento razonable; pero, vamos, que me ha poseído el Diablo, y no creo la historia de la administración Obama, que se parece mucho a los cuentos de su antecesor George W. Bush (¿seguirán en sus puestos los mismos guionistas disfrazados de asesores políticos?), aunque sí me da curiosidad conocer la verdad.

Lo evidente -a ojos de analista de asuntos geoestratégicos- es que los videos de Bin Laden ya no causaban impacto en la sociedad y sus supuestas amenazas terroristas (si eran reales o no, no lo sabemos porque de este lado del mundo no entendemos el idioma árabe y debemos atenernos a las traducciones oficiales) estaban siendo rebasadas en extremo por la crisis financiera que estalló el 15 de Septiembre de 2008 y es la hora que no acaba, aunque los líderes del mundo nos ofrecen cotidianamente el recuento estadístico de que todo va “mejorando”.

Luego, para ser honestos, Bin Laden perdió credibilidad como terrorista en el momento en que se comenzó a divulgar el entramado de asociaciones de AlQaeda con los servicios de Inteligencia estadounidense y el golpe mortal sobre la guerra de Occidente contra el terrorismo lo asestó una de sus propias aliadas, la fallecida ex primera ministra pakistaní Benazir Bhutto, que en plena campaña para la reelección, en 2007, poco tiempo antes de su asesinato, (que en su momento se autoadjudicó un oscuro líder de… ¡AlQaeda!), aseguró en una entrevista de televisión que Osama ya era cadáver. La entrevista trascendió en aquellos días en Medio Oriente y es probable que a nivel regional la imagen de AlQaeda haya perdido lustre, sea como enemigo omnipotente o como gancho para reclutar locos resentidos con el mundo.

Desde luego, todo indica que la táctica de destrucción creativa del imperialismo en los países de la región medio oriental ya concluyó su primera fase y entonces, un personaje como Osama Bin Laden ya no es tan necesario para la labor de reconstrucción del tejido social y económico de naciones como Irak, Pakistán y Afganistán, donde lo que ahora urge es colocar toda clase de chácharas que se produzcan en Occidente para dar empleo a los que no acaban de sortear la recesión de la economía global.

Así pues, la presunta muerte de Osama Bin Laden, que aunque se supone que estuvo precedida de una estrategia de cacería militar de primer nivel, pues desde siempre fue un perseguido, se vio en pantalla como esa clase de telenovelas mexicanas que cuando no levantan el rating se terminan abruptamente con la desaparición de sus protagonistas.

Y si bien la muerte de Osama levantó en las primeras horas el rating del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, y lo reposicionó rumbo a su reelección ante el elector común, ése que ha vivido de cerca la ausencia de alguno o algunos de sus familiares en nombre de la guerra contra el terrorismo; también es cierto que se podría haber elaborado un mejor guión, más consistente para el consumo de otros sectores sociales dentro y fuera de los Estados Unidos, que no dejara lugar a suspicacias. A final de cuentas, incluso desde el punto de vista legal, sin cuerpecito no hay difuntito y como todo el relato del asesinato de Bin Laden a manos de los heróicos marines procede de ellos mismos, el espacio para la especulación queda abierto.

Las leyes democráticas occidentales indican que a los criminales hay que llevarlos a juicio y, si se confirman sus delitos, se les debe dictar una sentencia acorde a los mismos, que no excluiría en muchos casos la pena de muerte. ¿Por qué, entonces, no brindar a la sociedad global un espectáculo de calidad, como el que se merece a cambio de sus impuestos, que han financiado la guerra? De verdad, hay excelentes guionistas en Hollywood que hubieran montado un magnífico final de película Obama versus Osama y sin el plus de las pifias de algunos medios de comunicación que por ganar la nota confundieron los nombres de los implicados en la historia, aunque a estas alturas ya no sé si las erratas tuvieron o no jiribilla… ¿O es que he visto muchas películas hollywoodenses y leído demasiados best sellers conspiracionistas? <<>>

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