2012: De la Dictadura Perfecta al Gatopardismo Obsoleto

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La cuenta regresiva para la sucesión presidencial en México ya empezó y los votantes de un proceso electoral que habrá de darse al término de un gobierno de legitimidad cuestionada a pesar de su origen en la joven “alternancia” democrática, debaten a últimas fechas en redes sociales y charlas de café si luego de doce años de haber echado al PRI (Partido Revolucionario Institucional) de Los Pinos, tras 70 años de permanencia, el país dejó de ser la dictadura perfecta y se puede hablar de que sus ciudadanos vivan una democracia que, si bien imperfecta, puede garantizar un reparto equitativo del poder político y su consecuente desarrollo socioeconómico de la población.

El temor de los votantes a que la guerra contra el “crimen organizado” emprendida por el actual mandatario, Felipe Calderón, contamine la batalla política es algo que inquieta a muchos. Los escenarios son diversos y algunos francamente apocalípticos. La tentación electoral de regresar al establishment corrupto, pero seguro -previo a la alternancia democrática- está latente y la intención del derechista Partido Acción Nacional (PAN) de aferrarse a la estructura Estatal para imponer su visión prerrevolucionaria al país parece más que evidente… ¿Es ésta la democracia con la que soñaban los mexicanos hace casi 45 años durante el primer gran movimiento ciudadano contemporáneo, de los estudiantes, en 1968?

Sin duda, sólo los beneficiarios de un entorno de miedo y estancamiento social (si no es que franco retroceso) pueden estar de acuerdo con los saldos de las políticas derivadas del gatopardismo padecido en México durante los últimos doce años. Únicamente los beneficiarios del gatopardismo pueden afirmar que el sistema político mexicano es en la “alternancia” una democracia y no un mero artificio electoral, rebasado por el activismo ciudadano que tiene en la Internet un nuevo código de comunicación política.

En menos de dos décadas, la partitocracia mexicana se anquilosó como opción democrática y se convirtió en estratagema discursiva que busca distraer a la sociedad civil sobre el verdadero reparto del poder en el país; y en este contexto, la guerra contra el narco se vuelve cortina de humo para justificar ante el mundo los ajustes de cuentas entre grupos de poder derivados de la corrupción. El PAN gobernante no tiene más que el nombre de lo que fue el principal partido opositor del PRI hasta la década de los ochentas.

En el proceso de “transición democrática” en 2000 se dio una desbandada de priístas de la peor reputación al PAN, algunos identificados desde los años 70s con grupos narcotraficantes. Los líderes panistas de viejo cuño, que eran empresarios católicos moderados, han ido muriendo, ya sea en accidentes o por enfermedades inexplicables, y sus lugares, ocupados por gente de sectas ultraderechistas que tienen dos misiones básicas: Una, imponer un régimen a modo, afín a los intereses de la oligarquía global (banqueros y petroleras principalmente) que no se pudo concretar con el PRI porque el régimen post-revolucionario generó sus propios dividendos políticos.

La otra, aparentemente, sería según lo documentado en diversas investigaciones periodísticas ya conocidas, devolver a un grupo original de poder fáctico, el control del negocio de las actividades ilícitas, luego de que literalmente, los enanos les crecieron a los jefes de las mafias y quisieron “independizarse” dentro del contexto de esa transición política.

¡En fin! El sistema político mexicano es corrupto desde su origen (hay que leer la historia de Juan Nepomuceno Guerra, prominente padrino narcopolítico de los años 30 para entender esto); sin embargo, las evidencias apuntan a que los grupos de poder enquistados en el PAN no son menos corruptos que los priístas, lamentablemente. Y de la Izquierda institucional, dominada desde hace más de veinte años por ex-priístas, no se puede hablar porque sus opositores no le han dejado gobernar.

Así, las próximas elecciones no se perciben como un ejercicio democrático de múltiples opciones, sino como el cumplimiento del rito gatopardista de un sistema político obsoleto, literalmente “pan con lo mismo”, cuyo eventual derrumbe puede ser muy costoso para la nación, si no se busca una auténtica transición a un modelo abierto de democracia, acorde a la vida de la aldea global del siglo XXI. <<>>

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Promesas Rotas

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Cuentan los que saben, que el poeta y periodista Javier Sicilia, cuyo hijo fue asesinado a principios de este año en circunstancias todavía no aclaradas, y esta circunstancia lo llevó a encabezar un movimiento por el retorno a la paz cívica en México, quebrantada por una política gubernamental de exterminio del narcotráfico y otros delitos asociados a esa industria ilegal, pidió al presidente Felipe Calderón un diálogo en el que no estuviera presente el secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna.

García Luna, antiguo agente del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (CISEN), principal agencia de espionaje del gobierno mexicano, que desde finales de los noventas tuvo un ascenso vertiginoso en el ámbito policíaco federal, ha sido acusado en reiteradas ocasiones de mantener un doble juego, por el que, presuntamente, estaría utilizando el presupuesto público de Seguridad Pública, no para combatir a la llamada “delincuencia organizada”, sino para eliminar a los competidores de un nebuloso cártel delictivo “oficial” al que, en el mejor de los casos, le estaría brindando protección.

Y en este tenor se acusa a García Luna de dejar que sus muchachos, los policías federales, en nombre de la lucha contra el narco, cometan tropelías y graves violaciones a los derechos de la ciudadanía a la que se supone están para proteger.

Ante la duda y la sospecha, o ante acusaciones directas de víctimas de la lucha contra el narcotráfico en el grupo de ciudadanos encabezados por Sicilia, se solicitó al presidente Calderón una conversación en la que no estuviera presente el secretario García Luna; pero la petición, tal vez exigencia, de los participantes del diálogo contra la violencia, no se cumplió.

No obstante, Calderón escuchó y aunque es probable que no tome en cuenta los reclamos ciudadanos, por lo menos las víctimas representadas por Sicilia y las decenas que lo acompañaron a levantar su voz en el Castillo de Chapultepec estuvieron presentes (entiendo que el presidente tampoco cumplió con la solicitud de que se hiciera en el Museo Nacional de Antropología e Historia, un lugar más abierto y neutral, por decirlo de algún modo).

Empero, soy pesimista con respecto a la capacidad de diálogo del presidente Calderón, cuando debe enfrentar desacuerdos o, por lo menos, cuestionamientos sobre sus acciones políticas o de administración pública. En alguna ocasión, cuando Calderón era líder de los diputados del Partido Acción Nacional (PAN) en el Congreso, le solicité una entrevista para que fijara las estrategias de largo plazo de su partido sobre una eventual transnacionalización del sector energético mexicano. Con el pretexto de que a las pocas semanas dejó su curul para convertirse en director de Banobras y luego secretario de Energía, no se concretó el encuentro que requería la visión del legislador panista sobre asuntos importantes de la agenda nacional. Desde entonces, cada una o dos semanas lo buscaba con la vocacón religiosa de quien espera un milagro, el milagro de obtener declaraciones sobre la privatización del sector energético a través del esquema de subcontrataciones y otros resquicios legaloides que amenazaban con desmantelar fuentes primarias de ingresos de México.

Sólo cuando Calderón era candidato a la presidencia, conseguí que enviara a su asesor económico Ernesto Cordero a dialogar conmigo; pero aún sigo esperando las respuestas de Calderón sobre el sector energético y las políticas laboral y hacendaria para mis lectores, en su mayoría pequeños empresarios, inversionistas y profesionistas independientes hispanoamericanos que siempre tienen puestos los ojos en lo que acontece en México, ombligo del mundo, para sus proyectos de vida y de negocios.

Sé que mis lectores mexicanos le han concedido a Felipe Calderón, durante casi cinco años, el beneficio de la duda en cuanto a la legitimidad de su gobierno y, habiendo votado por él o no, le han dejado actuar en la esperanza de que el país logre remontar las crisis perpetuas de desarrollo que han empobrecido a la nación en todos los sentidos; sin embargo, al discurso reciclado recurrente del mandatario y sus funcionarios que contrasta con la realidad socioeconómica de los ciudadanos -emprendedores y trabajadores por igual- ahora se agregan las ominosas promesas rotas de una paz próspera y justa.

Desafortunadamente yo no creo que Felipe Calderón vaya a dar una respuesta satisfactoria a las víctimas de su lucha contra el narcotráfico porque no fueron ellas las que lo llevaron a la presidencia de la república. Él, como todo político alineado al establishment, se guía por el mantra de que “la intención es lo que cuenta” y en el saldo final de su sexenio rojo, que sirve de parapeto al desmantelamiento del Estado y sus principales recursos operativos (sector energético y laboral en primera instancia), dirá que hizo su mejor esfuerzo y que se atendrá al juicio de la Historia, pues, ¡qué más! la (buena) intención es lo que cuenta siempre. <<>>

 

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Mal Karma

De acuerdo con las teorías sobre el universo psicológico del casi-proscrito-de-la-ciencia doctor Carl Gustav Jung 😎, las coincidencias no existen y con ello comulgan algunos politólogos y sociólogos al hablar de la convulsionada política de la Globalización… Así que cuando descubrí, gracias a un libro de meditación china conocida como Falun Gong, que en el nombre del mexicano por obra y gracia de la administración Fox, Zhenli Ye Gon, está inscrita su fama, me han surgido más dudas sobre el caso más sonado de la pujante industria de la transformación de la pseudoefedrina made in Mexico en polvos malignos.

Resulta que Ye Gon significa algo así como mal karma, mala vibra o energía de la más baja ralea. Y por ello sigo preguntándome -quizá interrogando al gobierno mexicano- si es posible nacer y andar por la vida con un nombre así o, como dijeran los cubanos, el caso del empresario chino que planeaba erigir su narcoemporio es simple y pura jiribilla.

El periodista mexicano Raymundo Riva Palacio ha dejado entrever en el seguimiento puntual que ha hecho del caso del señor Mala Onda que éste podría ser apenas el ojo de una aguja por la que se enhebra una trama de auténtica complejidad multidimensional que no deja mucho espacio ya a los escritores de novela negra. Porque: ¿quién puede asegurar que el chino nacionalizado mexicano no es en realidad un agente internacional de Inteligencia o como suele suceder con frecuencia, un doble agente que caramboleó a Vicente Fox y al recién estrenado gobierno de Felipe Calderón con la deliberada intención de medir fuerzas, resistencias y permeabilidad a la corrupción?

La trama de esta que bien podría leerse en el futuro como una novela costumbrista del siglo XXI se enreda más cuando se conoce públicamente que Zhenli Ye Gon vivió tranquilo durante un rato en los Estados Unidos y podría haberlo seguido haciendo si no hubiese contratado a un abogado de gran experiencia mediática que en una rara coincidencia y casualidad del destino, resultó ser el representante legal de la organización de orientación budista que difunde la práctica de Falun Gong, a la cual algunas fuentes identifican como un grupo disidente del sistema político chino, presuntamente financiado por el Estado norteamericano… Chi lo sa?, diría Vito Corleone.

Empero, el asunto no queda allí. Al tiempo que estoy escribiendo estas líneas, que más que un artículo de opinión pretenden ser apuntes para el guión de un reality show de humor más negro que la conciencia de todos los protagonistas, se conoce que el caso del señor Mal Karma ya ha cobrado dos vidas: las de unos agentes altamente calificados de la Agencia Federal de Investigaciones (AFI) que fueron entrenados por la CIA y el FBI para combatir el crimen organizado y participaron activamente en el caso que condujo al hallazgo de la red mafiosa en la que Ye Gon, muy probablemente, apenas tiene un papel secundario.

Si no fuera porque el trasfondo del caso Mal Karma tiene el inquietante tufo de la podredumbre de un sistema político que agoniza a causa de la corrupción, al final hay una serie de elementos que lo convierten en una encantadora comedia de enredos en los que las coincidencias nunca son casuales, pero sí causales… ¿Y qué tal que…?

  • Que Ye Gon sea un agente encubierto del gobierno estadounidense
  • Que un poderoso capo del narco le haya regalado los 205 millones de dólares hallados en la casa de Ye Gon a alguien que no sabía cómo deshacerse de ellos y los dejó en lo que parecía una casa abandonada
  • Que Ye Gon sea un hombre “honolable”, víctima de un “compló” en el que le sembraron la lana para deshacerse de él y del dinero sucio
  • Que…

Ufff… En este punto, me permito sugerir, evocando Un Mundo Raro (México, 2001, dirigida por Armando Casas), que las autoridades judiciales convoquen a la ciudadanía para que presenten una conclusión interesante de lo que el propio presidente Felipe Calderón se aventó a llamar “cuento chino”.

Esto, con el propósito de desaburrirnos un rato de tanto escándalo que siempre nos deja como cuando me dispongo a ver películas en el Canal Once (por algún maldito complot que espero no sea por la escasez de presupuesto en Luz y Fuerza del Centro, invariablemente hay un apagón que me impide ver el final de la historia).

Propongo que gane el cuento mexicano más original, gracioso, pero sobre todo verosímil. Requisito indispensable: que no parezca versión pirata de ninguna película hollywoodense.

El material está ahí: los miles de fajos de dólares en efectivo escondidos en una lujosa casa; la apertura de una cuenta del gobierno mexicano con ese dinero, en un banco estadounidense, para que la lana no esté ociosa; la esposa abandonada al momento de la fuga del mexicano nacido en la tierra de Confucio; la dulce amante que trabajaba en un casino de Las Vegas, los dueños del casino que obsequiaron autos de lujo al cliente que perdía sistemáticamente; los acuciosos reporteros de una agencia informativa internacional que se guardaron la entrevista exclusiva con un prófugo de la justicia durante un mes, un aparato de Inteligencia de Estado que basa sus investigaciones en recortes de periódicos boletineros; pero sobre todo, un oscuro funcionario de gobierno que según decires del señor Mal Karma se atrevió a sentenciarlo: “o coopelas o cuello”.

El cuento, con todas las posibilidades de convertirse en una buena telenovela o una película de culto puede titularse Naricitas Blancas o Gripa Constipadita, por aquello de que todo gira en torno a cargamentos de pseudoefedrina que se convierten en cocaína… pero caramba: ¿Quién le manda a Ye Gon apellidarse Mal Karma, si -como decía el mal logrado y tenebroso conductor Paco Stanley- por una módica cuota en el registro civil te cambian de nombre? <<>>

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