El Reportero que Soñó con Ser Truman Capote y Mató al Periodismo

Ser periodista profesional implica tener muy claro que no hay excusas para el mal periodismo porque nuestros errores invariablemente conllevan una afectación social. Alejandro Sánchez no supo hacer su trabajo; pero ¿dónde estaban su jefe de información, su editor, sus correctores de estilo, todos los que dejaron pasar un producto periodístico deficiente?

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“¡Ahora cualquier güey dice que hace reportaje!”. Las palabras de Alfonso Maya Nava, subdirector editorial de El Universal, uno de los diarios más importantes de México, vociferadas una tarde cualquiera, hace más de dos décadas, frente a un anónimo aspirante a reportero que se perdió en las sombras del tiempo, retumban en mi mente cada vez que estoy frente a una página en blanco, dispuesta a poner en orden el cúmulo informativo que debe trasladarse a un texto periodístico coherente y objetivo, que explique a mis lectores por qué ocurrió un acontecimiento y cómo afecta su vida y su destino.

Yo era una reportera novata; pero entendí de inmediato que, al margen del género periodístico que uno elija para desarrollar cada proyecto, es indispensable partir de una investigación sólida y una redacción impecable, de tal manera que nadie, empezando por el editor, pueda rebatir la veracidad de lo que se publica ni cuestionar su calidad.

Ciertamente, todo reportero aspira a hacer buenos reportajes porque su elaboración es de una gran complejidad y revelan dominio del oficio. Su redacción se basa en la investigación de todos los elementos que integran un acontecimiento noticioso y hay que analizar uno a uno de manera detallada, para ofrecer lo que podría definirse como una rendición de cuentas cotidiana de la sociedad — del propio Estado — a su Opinión Pública: ente virtual y evanescente, hija del sistema democrático, que aglutina a lectores, radioescuchas, teleauditorio, visitantes web o más recientemente seguidores.

Al reportero (o reportera) que publica un buen reportaje se le reconoce tácitamente como periodista, gente de oficio que domina todas las técnicas y géneros que conforman el periodismo interpretativo (long-form journalism).

El primer deber del reportajista es investigar exhaustivamente todos los aspectos de un acontecimiento, detectar anomalías sociales, económicas o políticas y entregar a la sociedad el informe puntual de sus hallazgos, para que ésta, en sus prerrogativas democráticas, corrija los problemas que deban corregirse para el adecuado funcionamiento del Estado.

Desde esta óptica, el periodismo de una nación (cualquiera) — el cuarto poder del Estado democrático — es el espejo donde se mira la sociedad entera. Tal vez para muchos de mis amables lectores, lo que digo es una perogrullada; pero hay indicios de que algunos que están dentro de la actividad periodística en México no lo saben, fingen que no lo saben o simplemente aplican la máxima cínica de “en este país no pasa ni pasará nada” y se valen del noble oficio del periodismo para su usufructo privado, que a estas alturas de la historia puede significar sólo una gratificación procaz como la efímera popularidad que dan las redes sociales.

Todo lo anterior viene a cuento porque el mal periodismo se ha escapado de los medios de comunicación tradicionales y comienza a inundar la Internet en detrimento del derecho a la información objetiva y veraz que reclama la sociedad globalizada. Las causas son multifactoriales y van de la mísera paga a reporteros, lo que crea el círculo vicioso de la improvisación laboral, a la exigencia de los dueños de los medios de dirigir visitantes a sus sitios web, mediante el viejo engaño de los encabezados sensacionalistas que garanticen ventas millonarias de espacios publicitarios.

El más reciente y lamentable caso de mal periodismo lo protagonizaron la ¿otrora? prestigiada revista emeequis, que dirige el periodista Ignacio Rodríguez Reyna, y uno de sus reporteros de nombre Alejandro Sánchez González (@alexsanchezmx), quien – por cierto — no aparece en el directorio de la revista ni como reportero ni como colaborador.

Una mala práctica periodística ¡de portada! de Sánchez González, que causó indignación entre cientos de lectoras de emeequis, se perpetró con un texto intitulado El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia), el cual aborda el caso de un joven mexicano que hace dos años ganó un certamen científico internacional y tiempo después asesinó y descuartizó a una menor de edad que se burló de su éxito y sus aspiraciones de estudiar en una universidad extranjera.

Debo especificar aquí que llegué al citado material periodístico (debo llamarlo de alguna manera) al caer en el garlito buscando datos nuevos sobre el crimen de impacto ocurrido en 2013. Sospechosamente, al final del texto, el autor aclara su trabajo del siguiente modo:

“Este reportaje es un texto periodístico de no ficción (sic). Todos los hechos descritos están basados en entrevistas y relatos de los protagonistas, expedientes judiciales, la evaluación sicológica (sic), correos electrónicos y mensajes de celular (sic).”

Podría descuartizar el párrafo arriba citado, palabra por palabra: ¿Hay periodismo ficticio, hay otro modo de hacer periodismo que no sean entrevistas, investigación en documentos, visitas a escenarios, etcétera?… No obstante, después de leer El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia), me limitaré a decir lo mismo que aquel periodista que rechazó el trabajo del anónimo novato, pues este texto que se coló a emeequis, revista ganadora de premios nacionales e internacionales de periodismo, es el perfecto ejemplo de lo que NO se debe publicar en ningún medio de comunicación profesional.

Desafortunadamente para Alejandro Sánchez, su texto no es periodismo, por donde quiera vérsele, pues no respeta la más elemental técnica de redacción periodística; pero tampoco es literatura, ya que la narración y las descripciones son muy pobres y tienen deficiencias gramaticales.

Sólo un muy buen amigo del autor, como el reconocido, respetable y generoso reportero Wilbert Torre, podía defender un texto indefendible, calificándolo como un error humano, para acallar la crítica de casi mil lectoras de emeequis que firmaron una petición de desagravio a la víctima del crimen relatado en un escrito que es simple y llanamente la apología de un feminicida:

“Javier parece en este momento el joven más frágil y solitario del mundo. Claudia Cañizo [la fiscal] y el agente que la acompaña se ven a los ojos y voltean hacia el techo del cuarto de interrogatorios para evitar que se les escapen algunas lágrimas.”

Si el autor de El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia) no demuestra que no es misógino, por lo menos debe demostrar que no es un advenedizo en el periodismo, ya que cometió un fraude profesional al asegurar que hizo una investigación y escribió un reportaje, cuando el resultado final fue, en el mejor de los casos, un texto folletinesco que ignora la voz de la víctima, sus familiares y amigos, y en el que no hay entrevistas a psiquiatras ni a expertos en criminología.

Ser periodista profesional implica tener muy claro que no hay excusas para el mal periodismo porque nuestros errores invariablemente conllevan una afectación social. Alejandro Sánchez no supo hacer su trabajo; pero ¿dónde estaban su jefe de información, su editor, sus correctores de estilo, todos los que dejaron pasar un producto periodístico deficiente?

Extraña que emeequis, una revista especializada en reportajes, que se creó un prestigio al publicar periodismo de investigación de calidad, no haya revisado – como debe ser – el texto de Alejandro Sánchez, antes de difundirlo. Extraña también que los defensores de Alejandro Sánchez González en redes sociales estén preocupados porque la indignación de las lectoras de emeequis por la publicación de un trabajo mal hecho ponga en riesgo su participación en un concurso de periodismo latinoamericano, cuando el único premio que debe importar a los reporteros es la confianza de la sociedad en su labor de investigación para acercarse a la verdad de los acontecimientos públicos. Extraña por igual que los community managers de emeequis en Twitter hayan bloqueado a sus lectoras que protestaron públicamente por el texto de Sánchez, y no aceptaran las críticas de quienes hacen posible que tengan un empleo digno.

No sirve de nada el trabajo de un medio de comunicación ni de sus reporteros si vulneran la veracidad de los acontecimientos, no propician la reflexión colectiva ni fomentan la libertad de expresión e información.

A exigencia de las lectoras de emeequis,  Alejandro Sánchez debió disculparse públicamente por lo que escribió, y en tono forzado se justificó argumentando que la familia de la víctima de feminicidio que se narra en su texto se negó a hablar con el reportero. ¿Es ético publicar un texto cuando falta información relevante para elaborarlo? Yo digo que no. El trabajo periodístico no tiene caducidad mientras no se complete el rompecabezas de un asunto de interés público. Además, hay técnicas especializadas para obtener en tiempo y forma, información sensible de las fuentes.

La redacción del texto de Sánchez es otro tema: En México, muchos reporteros no están acostumbrados a trabajar en equipo y el resultado de un buen trabajo de reporteo, sin apoyo en la redacción, puede terminar en una nota informativa mal escrita o una retahíla de transcripciones que carecen de análisis contextual y, por tanto, de verdadero interés periodístico.

Si hubiera una moraleja en la historia de El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia), sería la necesidad imperiosa y urgente de elevar la calidad del trabajo que se desarrolla en los medios de comunicación mexicanos y exigir el apego, por parte de sus reporteros, a la metolodogía elemental de investigación periodística, para que el país no acabe de desmoronarse en las manos de presuntos reporteros que sueñan con premios que quizá no merecen, y selfies junto a cadáveres de menores descuartizadas y fiscales que derraman lágrimas al interrogar a los asesinos. colgadas en la pared de su cubículo. ♥♥♥

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Reflexiones sobre Periodismo Online

*Artículo publicado originalmente en “Anecdotario Periodístico”, blog que publiqué en el sitio de Reporteros Sin Fronteras (RSF), durante algunos años, hasta que el servidor se cerró por falta de recursos de la organización.

Con la firme convicción de que el periodismo online es el futuro y convergencia de los medios de comunicación, para la próxima centuria, tal y como lo planteaba alrededor de unos quince años atrás ese gran maestro de periodistas mexicanos que fue Alfonso Maya Nava, me inicié como reportera del ciberespacio en 1996, prácticamente al principio de la puesta en marcha de los servicios comerciales de Internet en México.

En aquellos años la red de redes era realmente la puerta a un universo desconocido, con dos puntos de referencia decentes para navegar exclusivamente en inglés: Yahoo! y Proyecto Gutenberg.

El maestro Maya Nava, un auténtico visionario, motivaba a quienes éramos sus discípulos a meternos a la Internet, investigar dentro de ella y plantear cómo se podía aprovechar ese territorio virgen de las tecnologías de la información para crear alternativas de comunicación social que respondieran de manera general a los requerimientos informativos de la sociedad hispanoparlante que apenas se familiarizaba con la red y, ya de modo particular, a las necesidades de información confiable y veraz de la sociedad mexicana.

Alfonso Maya Nava fue activo promotor de uno de los primeros sitios web independientes en español con contenidos periodísticos. Si mal no recuerdo, se llamaba algo así como “lapalabra” y era una colección de blogs con firmas destacadas del medio periodístico y literario del país, aderezada con resúmenes de noticias del día publicadas en los principales diarios impresos. Incansable defensor de la libertad de expresión y la pluralidad ideológica como pilares de la democracia,

Maya Nava imaginaba a la Internet como un espacio que no debía ser alcanzado por censuras de ninguna índole. De ahí que en varias ocasiones me sugirió que subiera a la red todos los trabajos que mis jefes de información en un medio impreso tradicional desechaban sistemáticamente porque no se ajustaban a su construcción de la realidad para efectos del posicionamiento político y económico de los directivos de la publicación.

Así, el primer texto que puse en un sitio gratuito de Geocities fue una breve entrevista que hice al entonces secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), Donald J. Johnston, en la escalera de un hotel en la Ciudad de México.

A pesar de la relevancia del personaje que había hablado en exclusiva para mí, que me atreví a acercármele fuera de la conferencia de prensa oficial, la entrevista no interesó a mis jefes; pero llamó la atención de algunos navegantes de la Internet que compartían mi visión de forjar un periodismo ciudadano sin fronteras en idioma español en la red; y a partir de ese momento -como se dice coloquialmente en mi país- me fui por la libre en el intento de consolidar un proyecto periodístico que se desligara de consignas e intereses de grupos políticos o económicos.

A través del tiempo, los cimientos del proyecto periodístico por el que yo he luchado desde el principio, permanecen; pero el avance ha sido mínimo en relación a su potencial de desarrollo, no obstante su significado en el entorno donde surgió, como respuesta positiva y proactiva a la Globalización, pues no es sencillo mantenerse en la línea de la independencia y, además, lidiar con esa imposición del mercado a la que no podemos escapar, que es la dualidad de la rentabilidad económica y social de los medios online.

Después de casi trece años de ardua labor, el sueño de lograr un periodismo ciudadano independiente y libre en la red, resulta por momentos una utopía para países como México, no sólo por el alto costo y la pésima calidad de los servicios de Internet, que se convierten en una traba tanto para el desarrollo de los medios de comunicación independientes, como para el acceso del público usuario de los medios online, sino también por las limitadas, si no es que nulas posibilidades de financiamiento de este tipo de medios, sin que se comprometa su libertad de expresión y el derecho de la sociedad a la información objetiva.

En ese mismo periodo los grandes medios de comunicación tradicionales (prensa escrita, radio y televisión) avasallaron rápidamente, por su poder político y económico, a los proyectos independientes de la red, que en alguna época se contaban por decenas de miles.

Mientras, la imagen del blogger disidente y solitario que hace sus propias investigaciones o comparte sus opiniones como mero pasatiempo de locos se vuelve una constante forzada por los mismos grandes medios en detrimento del periodismo independiente y profesional de tiempo completo.

No hablaré por el momento de la censura que se ejerce en la Internet a través de las “normas de conducta” de los grandes monopolios de la red de redes a nivel internacional; pero baste mencionar aquí que si bien sigo pensando que el periodismo online es el futuro y convergencia de los medios de comunicación de aquí en adelante, también me queda claro que es urgente innovar algunos esquemas de trabajo periodístico con miras a darle mayor peso, relevancia y credibilidad a los medios online independientes: dejar de jerarquizar la información a partir de lo que publican las agencias de noticias internacionales oficiosas, abandonar los manuales de estilo del periodismo amarillista, característico de la segunda mitad del siglo XX, y explicar al público por qué los acontecimientos trascendentes de un lugar remoto no pueden ser más la nota de color para llenar espacios, sino que se tienen que enfocar en la dimensión de sus repercusiones en la vida cotidiana del ciber-lector/ciber-escucha o ciber-vidente.

Con base en estas ideas me propongo, en este espacio, hacer periódicamente una serie de reflexiones sobre la práctica del periodismo online en español que busca abrirse su propio camino y prestigio para la historia.

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